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llorada y carbajedo

Trapo (Carbajedo)

Trapo (Carbajedo)

En Diciembre me trajeron a casa un conejo y ahora los besos se los dan a él. Hago como que le ignoro, pero el bicho se burla de mi. Ya ha marcado toda la casa y hasta tuvo la osadía de marcarme a mi. Ahora se cree que soy de su propiedad. ¡Lo tiene claro! aunque seguro alguien dirá que hace bien. Le puse por nombre "Trapo" porque por lo menos nos limpia el polvo del suelo, pero nada que rascar, las que mandan le llaman "Lucas". Pues las había amenazado un montón de veces que si lo traían le daría con el canto de la mano detrás de las orejas y lo guisaría (Esta especie está muy rica). ... Pues sigo con la misma idea.

Oración a San Antonio

Probad y ved cuan milagroso es San Antonio por medio de esta Oración.

Si buscas milagros, mira

muerte y error desterrados,

miseria y demonio huidos,

leprosos y enfermos sanos.

 

El mar sosiega su ira,

redímense encarcelados,

bienes y miembros perdidos

recobran mozos y ancianos.

 

El peligro se retira,

los pobres van remediados,

cuéntenlo los socorridos

díganlo los paduanos.

 

El mar sosiega su ira …

 

Gloria al Padre, gloria al Hijo,

gloria al Espíritu Santo.

 

El mar sosiega su ira …

 

Ruega a Cristo por nosotros,

Antonio glorioso y santo,

para que dignos así

de sus promesas seamos.

 

Eustasio luchador (Carbajedo)

Eustasio luchador (Carbajedo)

     Ustasio de joven era muy buen lucador de Luche (ahora Aluche), siendo su mejor maña la cadrilada. Es lo que cuenta mi padre.    

     Recordad que se necesita buena “bola” para levantar al oponente en vilo y luego con la rodilla, bien metiéndola entre las piernas del contrario, o bien enganchándole un muslo por el exterior, más un giro de manos y cuerpo hacia un lado, todo en el aire, caer encima del oponente.

     Esta maña tenía dos contras: Según te elevan encoges las rodillas lo que puedas sobre la barriga, cintura o pecho del que te alza, con lo que dificultas que te trabe la rodilla del de abajo y consigues estabilidad para cuando haga el giro necesario para voltearte vas tu y estiras y abres las piernas lo que puedas para plantarte de pie en el suelo. Y la otra es estirar y abrir las piernas mucho para dificultar que te trabe y aunque haga el giro pertinente tienes las piernas cerca del suelo para asentarte rápidamente. Esta segunda forma es la mejor para los larguiruchos pues si se encogen mucho como la primera fórmula el de abajo simplemente se dejaría caer sobre él antes que al larguirucho le diese tiempo a estirar sus largas piernas o se las pillaría encogidas al llegar al suelo y no podrían soportar el peso del oponente que se le viene encima. Esto es así, pero si el de abajo tiene buenos bíceps y es muy rápido, como Ustasio, no hay contra que valga; además aunque te encojas en su pecho siempre puede intentar despegarte al vuelo.

     Decía: “Yo tiro a los hombres por encima los paraguas 

     Hace tiempo que hice mío este dicho y lo repito para amedrentar cuando alguien me amenaza: “Has de saber que yo tiro a los hombres por encima del paraguas igual que Ustasio”

     Aseguro que siempre surte efecto, por lo menos mientras el oponente busca el significado en el diccionario escondido de sus neuronas.

Un espartano cabijero o El secreto de Ernesto (el campeón)

Un espartano cabijero o El secreto de Ernesto (el campeón)

    Con todo cariño para Ernesto, nuestro Campeón.

     Parece increíble..., probablemente ni él, ni su familia, ni otra persona repararon en esto que relato, pero ya de pequeñito se sometió a pruebas tremendas; pienso que al fin fue criado como los espartanos, de ahí le viene quizá el haber llegado tan alto.

 ...   ...   ...

     Cuando uno vive en la miseria nadie repara en que hay personas que están peor que él - recuérdese el poema: "cuentan de un sabio que un día..."-

...   ...   ...

     El caso es que la nevada había sido de bastante más de 40 cms... Sí, sí, a menos altura no se espalaba porque se hacía camino al andar y ese día había veredas bien recortadas, signo evidente de los cortes de la herramienta. Era medio día, el cielo estaba gris oscuro,..., de verdad, estaba gris. Yo estaba en la plaza en madreñas, al lado de donde se ponía contra la pared de la escuela 1 la chica o chico que se quedaba en el juego del escondite;  había ido hasta ese lugar por primera vez, después de la copiosa nevada y de cerca de una semana sin salir, a ver si encontraba a alguien con quien jugar. No había nadie, pero esperé un rato distraídamente. De vez en cuando pisaba un poco por encima de la nieve disfrutando del lamento que ella manifestaba bajo mis tarucos. Pausada y despreocupadamente  alzaba la vista de vez en cuando esperando visita, pero nada, hasta los pardales estaban guarecidos. Solo en una ocasión veo a un rapacín delante de casa de Miliano 2, cerca de la esquina con la de la señora Aurora 3. Había salido de la vereda y caminaba sobre un montículo de nieve.

     No iba a jugar con él así que seguí esperando, bajando la mirada por la vereda que se acercaba a mi y dirigiéndola a mi derecha por la que zigzagueaba hacia el Cantón, para después seguir la que se adentraba por el lado opuesto en la Barriadica con dirección al Cantín, luego al tramo de camino de la calle El Sol que se veía salvando la esquina de la escuela y vueltina "pa ca y pa ya"..., hasta que mi vista volvió a cruzar el puente y subir entre las dos murallitas de nieve por la calle del Ponto para cruzarse con aquel rapazuelo. Era Ernestín y estaba solo. Tenía una camisita a cuadros que contrastaba con el fondo blanco de la nieve acumulada con la pala. Entonces me olvidé del motivo por el que estaba allí, quedé absorto contemplando los juegos del pequeñín de poco más de 2 años y esperando que su madre, su tío 4 o su hermano mayor, de seis años, apareciesen en cualquier momento. Podría seguir esperando porque eso no se produjo y tampoco yo me atreví a acercarme, cobarde de mi.

     El caso es que en aquella escena algo no encajaba y no sabía que era: El niño jugaba ensimismado con un orinal encima del montón de nieve formado al espalar, entre la vereda que tiraba para su casa, un pequeño descampado delante de casa de Mili y la vía abierta que bajaba hasta la plaza desde lo cimero del pueblo. El instrumento se le caía, lo cogía, se le volvía a caer y vuelta a empezar. Parecía disfrutar con ello en aquel bucle.

     - ¡Anda!, ¡si está desnudo!.

     Pues sí, llevaba la camisa, pero las piernas se le veían desarropadas y... ¡Claro que al darse la vuelta se le veía desnudo el culo!

     Recuerdo que ahora si que esperaba con mayor impaciencia que saliese alguien de su casa o de las vecinas. Di unos pasos con buena intención, pero a mitad de camino entre la escuela y el puente me paré. Me invadió una enorme vergüenza y reculé de nuevo hasta cerca de la pared sin quitar ojo del chiquitín.

     ...y de aquí y al poco se me desvanece el recuerdo..., lo que puede significar que alguien de su casa salió por el chico.

     Siento no haberme fijado si estaba o no calzado,... y no diré nada de lo que vi que le apuntaba por delante.

...   ...   ...

     Pido disculpas a Ernesto si algo de lo expresado aquí le es molesto. Escribo este recuerdo con todo mi cariño y respeto hacia él y su familia y desde luego esta fue mi visión y vivencia de los hechos ya escritos hace mucho tiempo.

 

     1: la escuela de las niñas; hoy en día bar.

     2: Emiliano, padre de Tere, fallecida recientemente y de 6 más.

     3: Sra. Aurora y Sr. Elias, el madreñero. Vivían allí, aunque la casa era de Clorinda la madre de Maruja.

     4: Basilio. Su tío-abuelo

 

de Monaguillo (Carbajedo)

de Monaguillo (Carbajedo)

     Mi hermano :- In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen. Introibo ad altarem Dei.
     Yo: - Ad Deum, qui laetificat iuventutem meam.

     ¡Qué alegría la de mi hermano!. Me regaló una peseta. ¡Una peseta...!, era lo único que tenía..., ¡y me la dio!. No lo esperaba, mi obligación era aprenderlo y lo había hecho. Él tampoco lo esperaba porque fue al día siguiente de darme la hoja Don Lucas con las respuestas que había que saber para ser monaguillo. ¡Una peseta...!, cuando me daban tres perronas el día de Pereda. Tres tiros en la tómbola a las bolas grises  y se acabó. Solía acertar una, o tiraba por mi alguno de los rapaces mayores del pueblo con más puntería y el premio era una bola grande de chicle recubierta de caramelo, o un caramelo de colores cilíndrico. El chicle podía durarme una semana o más si lo pegaba debajo de la mesa de madera durante las comidas, aunque a veces se cortaba, se desligaba y había que tirarlo.

     Adiutorium nostrum in nomine Domini.
     C. Qui fecit caelum et terram.

La fragua de Celso (Carbajedo)

La fragua de Celso (Carbajedo)

     - ¡Carajo! - Era su expresión predilecta. Aunque también decía "¡Me camen...!"que, aunque era en femenino la palabra y no exista, se parecía mucho al nombre de Nuestro Señor Jesucristo - Alabado sea su Santo Nombre -, por cuyo motivo y porque lo decía sin darse cuenta no lo manifiesto.

     ¡Que destreza!, ¡Que habilidad con las dos manos!, ¡Que facilidad de unir dos hierros!, ¡Que manera de girar la pieza entre las largas tenazas, de golpearla sobre el yunque con el martillo en la otra mano, de introducirla de nuevo entre las brasas, de guiarme la mano con la manivela!, ...¡Carajo!. De suministrarme un coscorrón.

     - Bien merecido. ¿No te dabas cuenta que no seguías el ritmo?-.

     Las herramientas, las tenazas anteriores, los martillos y los ganchos de todas clases, se me representan de metro veinte de longitud, mucho más largas de lo que era mi altura. Aunque comparando la tabla de equivalencias con mi altura actual podrían ser de solo 80 centímetros. Alguna vez conseguí alzar las tenazas con las dos manos, los ganchos era más fácil, claro es que cuando él no estaba.

     Otra vez cogía rápidamente con las tenazas el elemento ferruginoso por la parte negra y colocaba sobre el yunque el otro extremo blanco-rojizo chisporroteante  y vuelta a martillar y dar vueltas. No sabía porqué tenía tanta prisa para al final tirar el repetido elemento a un caldero con agua. El hierro daba un resoplido tremendo para a continuación, con un silbido, aparentar un escape de gas cortado rápidamente. Me daba mucha pena pues expulsaba mucho vapor con su quejido y luego lo sacaba negro, más feo, como si el caldero fuese el infierno.

     Muchas veces me asomé a ese caldero, pero nada veía, más que nada porque la vestecha era bastante umbrosa; aunque me figuraba un pozo en el fondo del cual estaban las tinieblas que yo quería otear por curiosidad, mas me era imposible pasar de la superficie oscura y brillante.

    Y otra vez a mirarlo por arriba, por abajo, por los lados. En muchas ocasiones volvía a repetir el proceso. ¡Me camen...! Ahora pienso que quizá ese era el momento de repartir los capones al quedar insatisfecho del resultado.

     Yo le quería mucho. Alguna vez me cogía por el cuello para llevarme a la fragua. No, no; no hay que pensar mal: yo le servía de segundo cayado, el otro era una porraca con la que a veces también amenazaba, pero no pasaba de ahí. Las más de las veces me preguntaba si quería dar a la manivela y no me atrevía a negárselo, por cobardía, por obediencia y porque encima a mí sabía sonreírme. Cuando me encontraba en la plaza  o por las calles jugando también me lo pedía y es cuando me guiaba cariñosamente por la parte trasera del cuello y a mi me gustaba.

    Solía ser serio y, alguna que otra vez en que venía haciendo eses, otra cosa, pero en el Pueblo había unos cuantos más. El caso es que en ocasiones me obligaba a dar a la manivela cuando yo salía a jugar y es cuando se me producían los cachetes inesperados más dolorosos porque le hacía mil perrerías: Cuando él me daba la espalda y estaba en medio de la vestecha martillando sobre el yunque yo aceleraba las revoluciones para avivar el fuego y pasar rápido al rojiblanco la reja rota del arado o el ojo de la azada gastado. Eso es lo que más le fastidiaba porque malgastaba rápidamente el combustible (carbón) y no daba la efectividad requerida. Y otras daba extremadamente despacito a la manivela, para acelerar cuando el volvía la cabeza. Era cuando más disfrutaba yo socarronamente por lo bajo… Iluso de mi, casi siempre se daba cuenta porque fallaba en el acelerón que encendía sobremanera la llama. Alguna vez me escapé. Peor fue para mí, pues cuando lo hice para casa no tuve apoyo, volví al redil y cuando me escondí en otro lugar al final me encontró.

     Fácilmente se comprende que era muy cansado si nos podemos imaginar que mis ojos solo llegaban a alcanzar el huequecito donde se introducía el hierro y donde se debía controlar el color blanquecino de las brasas. Y vuelta tras vuelta... al mismo son. Para hacer bien el trabajo no podía acelerar ni decaer el brazo. Llegaba a doler, ... dolor que se acentuaba ..., se hacía insoportable..., cambiaba de mano con una desgraciada paradita por el medio que a veces tenía repercusión en mi testera o me servía de amonestación, a parte de que no me manejaba con ese segundo miembro. ...Y sentía el griterío de otros niños jugando... (la sumisión de entonces imposible de entenderla ahora).

     Prestaba más cuando no estaba él y yo llevaba algún amigo a dar a la manivela que al final él guardaba, pero que yo sabía encontrar y colocar. Me suena el ronroneo de los engranajes y el resoplido del aire al salir, no obstante esto era más atractivo cuando funcionaba de verdad y avivaba el fuego.

     Le he visto no sé si era dividirse o multiplicarse, me parecía que hacía todo el proceso a la vez. Cuando empecé en el oficio me cansaba rápidamente y entonces ¡Vaya hombre que era!, aun le veo hacerlo todo a un tiempo con solo dos manos y todo quedaba perfecto: él daba a la manivela, me cogía la mano y la guiaba un poquito, cogía el hierro incandescente con las tenazas, martilleaba sobre el yunque, en unas ocasiones dos golpes sobre la pieza y otras dos sobre el sufrido yunque y en otras la cadencia era de tres a dos o de dos a tres, volvía a introducirlo entre el carbón encendido, a guiarme de nuevo con el  manubrio, a sacar y meter el hierro para observarlo y a repetir el proceso. Eso sí, no me daba tiempo de asimilar todo lo que pasaba por delante de mis ojos; le veía tan agobiado que me olvidaba de otros juegos y concentrado me esforzaba en hacer mi trabajo bien para aliviarle un poco.

     Cuando acababa me retiraba la mano de la manivela, separaba las brasas hacia los lados y rápidamente el fuego se extinguía.

Por fin podía jugar y salía corriendo para la plaza. En muchas ocasiones era camino equivocado, pues ya era la hora de recoger las cabras y ovejas o de realizar algún que otro recado y me llamaban de casa.

                                    ...   ...   ...   ...   ...   ...

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Celso era hermano de Orio y por tanto tío de Santiago, Floro, Pedro y Miguel Peñacorada.

     Siempre que recuerdo algún hecho de nuestro querido pueblo rezo por las personas que pasan por mi memoria. Rezad por ellas también, que si están en la Gloria nos revertirá y a otras almas servirá.

La letra con sangre entra (Carbajedo)

La letra con sangre entra (Carbajedo)

     Recuerdo cuando iba a la escuela y el maestro hacía realidad este desgraciado refrán en las costillas de todos mis compañeros y en las mías propias con una de las varas de avellano que previamente le habíamos llevado. Y aunque eran más comprensivos en casa, a veces aumentaban la dosis de capones al tomarnos las lecciones.

     En esos momentos quedaba como petrificado, no razonaba, se me cerraba la mente de tal forma que cuantas más raciones que me daban peor se ponía la cosa. Pero lo que siempre suele ocurrir, después de la tormenta sale el sol, todo se sosiega y como el instructor veía que esas terribles caricias no podían conmigo, muy amablemente se ponía a meterme en la cabeza esa lección, razonando. Recuerdo lo contento que me sentía al ver que no era tan burro un servidor como creía yo mismo y, no solo eso, sino que veía al mismo maestro contento de sí mismo por haber obtenido un triunfo que de otra forma creo que jamás lo hubiera disfrutado.

Un día de invierno en el pueblo (Carbajedo)

Un día de invierno en el pueblo (Carbajedo)

     ¡Qué hermoso es el invierno en los pueblos de nuestra montaña, con sus enormes nevadas, con su soledad. Solo se hablan las grandes casas vecinas, de dos pisos a lo sumo, que se alzan solas, contempladas desde arriba por las altas montañas!

     ¡Cuánto gozaba yo con estas nevadas...!. En cuanto despertaba ya una claridad especial se colaba por el cuarterón de la ventana anunciando la nieve. El primer impulso era saltar de la cama para tocarla. Luego en la gran cocina desayunábamos toda la familia en silencio. Mirábamos a través de los cristales y la blancura celestial se apoderaba de nosotros. El viento  huracanado levantaba nubes de polvo blanco que iba amontonando en las hondonadas.

     Cuando podía salía a la calle. El típico ruido de la nieve pisada bajo las botas hacía saltar mi corazón: grac,..., grac... Recuerdo que experimentaba un placer incontenible al pisar donde nadie lo había hecho y la molesta sensación que me embargaba cuando la veía sucia.

     Añoro aquellos días, aquellas noches frías, en que iba con mi hermano mayor a echar de comer a los animales; el agradable calor que hacía dentro de la cuadra; el ímpetu con que iban las ovejas y cabras hacia el alimento, las hojas de los haces de ramas de chopo y roble; el rumiar de las vacas y sobre todo los repetidos estribillos que mi hermano cantaba sin saber terminar.

     Al entrar y al salir el chirriar de la puerta ponía los nervios en tensión. Se oía el rítmico ruido de las madreñas y de los calderos que sacábamos repletos de leche, de tal blancura, que competían con la de la nieve, dentro de la umbría de la noche iluminada tenuemente por las estrellas..

     ¡Cuántas horas felices pasábamos todos juntos por la noche alrededor del fuego!. Frases cortas y silencios largos. Distraídamente cogía un palo con su brasa en el extremo y veía como se apagaba soltando chispas disgustadas de mi crueldad involuntaria.

     Después de acostarnos el silencio y la oscuridad absoluta lo hacían sepulcral, solo roto a veces por el aullido cruel de algún perro miedoso y la contestación de otro lejano. Cuando había luna se colaba el brillo de la nieve entre las rendijas de las contraventanas e iluminaba tenuemente la habitación, pero en las noches de borrasca fuerte del crudo y frío invierno el rugido del viento y la llamada de la cellisca contra los cristales sobrecogía el corazón, entonces me colaba un poco más dentro del nido de las sábanas calentadas con el ladrillo previamente puesto al fuego.

     Otras noches los que se filtraban eran unos brillos momentáneos dejados por el relámpago y el siguiente estallido zarandeaba la casa y rasgaba las tinieblas, para volver de nuevo al silencio absoluto.