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Novena a Ntra. Sra. La Virgen de Pereda

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Preces preparatorias

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Por la señal...

Acto de. Contrición

Oración para todos los días

 ¡Virgen Santísima! Heme aquí a tus pies, con una plegaria en los labios y un anhelo en el corazón. ¡Virgen de Pereda! ¡Mi Virgen de Pereda, pequeña, morena y galana! Llego a Ti con la confianza que inspiraste a San Bernardo, cuando exclamaba que jamás se oyó decir que hubieras desamparado a quien con fé te invoca y con esperanza en Ti confía. ¡Oh Madre amantísima!

Así como me parece sentir en el silencio de este valle, el eco pálido  de  mi madre en la tierra cuando  desgranaba las cuentas del Santísimo Rosario camino de tu ermita, así quisiera, ¡Oh Madre mía del Cielo!, sentir en el silencio de la noche oscura de mi alma las resonancias de tus amorosas llamadas, toques de tu inefable dulzura, y de igual forma, ¡oh Virgen pura!, que tus divinos ojos rasgan el valle,  cruzan montes y collados, bajan al llano para envolver al universo entero en el perfume de tu amor infinito, como, con el aroma de las violetas que acarician tus pies, embalsaman el otero,  así quisiera  yo y  así te lo suplico,  rasgues el cendal de mis pasiones, penetres en mis iniquidades, descubras mis vilezas y pecados y al mágico poder de tu divino amor quede limpio mi espíritu y pulcra mi alma, para rogarte presentes a tu divino Hijo  el  anhelo de una  vida  sin tacha  y  santa muerte en  los brazos de tu amor, según le pido en esta novena.

(Pídase la gracia que se desee obtener.)

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Oración para el día primero

  ¡Amorosa Virgen del Valle! Reinando en nosotros como árbol florido y lleno de vida,  sufriste la aflición y el dolor;  yo, árbol misero y desnutrido, pretendo confiado vivir sin angustias ni amarguras. Pero si quien todo lo puede se abraza con el sufrimiento hasta hacerse consubstancial con él, quien nada puede y merece menos,¿por qué se abraza insensato con el placer y aspira al mentiroso goce de sus sentidos? ¡Ah, Señora y Madre nuestra! Te ruego  me concedas  amor al dolor y a la penitencia,  humildad y espíritu de sacrificio para imitarte y para sufrir, reconocido, los acerbos dolores de tu Hijo, crucificado por mis pecados, y agradecer tus angustias maternales por mi salvación. Amén.

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Oración para el día segundo

¡Amorosa Virgen del Valle! Concédeme, ¡oh celestial Señora!, un saludable temor a tu divino Hijo y un amor constante que me inspire  continuas alabanzas  a  tu tierno corazón.  No olvido que en tu pecho se encuentran los goces del cielo y en tus labios las llaves que a él me conducen. Intercede por el perdón de mis pecados, no sólo en virtud de mi arrepentimiento, sino en gracias a su divina misericordia. Ayúdame en la firmeza de mi fé, acrecentadla con vuestra ternura y sobre todo, procuradme, ¡Madre mia!, con vuestro dulce amor, una vida constante de humildad y santifica-ción de mi alma. Amén

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Oración para el día tercero

 ¡Amorosa Virgen del Valle! Son demasiados los títulos que ostentas, excelsa Señora, para acercarte con temor al corazón de tu divino Hijo, y son demasiados mis pecados para que no sienta yo pavor  y  desolación de alma al presentarme ante mi divino Juez.

Por eso el pobre y el rico, el joven y el anciano, el enfermo y el sano, todos acudimos a Ti e invocamos tu protección constan-temente y sobre todo en la hora suprema de nuestro último juicio. ¿Es mucho pedir, Señora, un trocito del manto de tu gloria para cobijarnos desde hoy hasta la muerte? Mirad que no hallamos lugar más seguro para vencer las pasiones,  ni más dulce amor que el que fluye de tu magnánimo corazón ¡Déjame, pues, dormir en tu regazo hasta el fin de mis dias, oh Madre amada!

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Oración para el día cuarto

¡Amorosa Virgen del Valle!  Por gracia del  Padre Eterno no sólo te libraste del pecado y de las humanas pasiones, sino que quedaste convertida en el manantial más abundante de la más excelsa pureza y del más sereno amor. Acude a nuestro lado, ;oh Virgen mia!, y ayúdanos a dominar nuestros reprobables apetitos, a desterrar el pecado de nuestras almas, a aborrecer toda iniquidad y a convertirnos en claro arroyuélo de virtud y santidad, alimentado en la fuente de tu infinito cariño a las criaturas.  No de otro modo podremos servirte sin imperfección.

El mundo en tinieblas,  los enfermos presas  del dolor,  las almas en la duda y el error,  la carne sujeta a la concupiscencia, los espíritus enlodados por el pecado, y todas las sugestiones del enemigo malo contra las criaturas, son torpes fantasmas ante el soplo de tu gracia. Ven, pues, a nosotros, ¡Virgen de Pereda!, con los dones de tu pureza y ayúdanos a elevarnos, en medio de tanta miseria, junto al trono de tu divino Hijo, crucificado por mí hasta hoy, y desde hoy por mí glorificado mediante tu intercesión. Así sea.

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Oración para el día quinto

 ¡Amorosa  Virgen del Valle! Dios,  nuestro Señor,  depositó en Ti en el momento de tu Concepción, más gracia que en todos los Santos y Angeles del cielo. Yo, criatura humana sumergido en el piélago de mi desventura, vuelvo suplicante mis ojos a Ti, y mi corazón anhelante llama a tu corazón.

Aléjame, ¡oh Virgen Santa!, del ancho camino, ruta de mi perdición y  llévame por la senda de la penitencia al regazo de tu amor. Desvia las inclinaciones que me sugiere el maligno espíritu» embota los acerados dardos con los que la aguzada pasión inten-ta herirme el corazón, sofoca el ímpetu de la carne que rabia por morder mi alma. Sea lodo en mí alabanza, quietud y serenidad. Alabanza para loaros constantemente, quietud para permanecer puro, y serenidad para sujetar el mas leve intento de perturbación. Tiendan todas mis acciones a cantar vuestras dulzuras y a no salirme del camino de la santificación, del que fué modelo vuestro paso por este mundo. Así sea.

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Oración para el día sexto

 ¡Amorosa Virgen del Valle!  Desde  el primer momento de vuesta preciosa vida, quedaste constituida en sagrado depósito de las virtudes  y dones del Espíritu Santo.  Nunca con mayor razón se ha podido decir que vuestro corazón es fuente inagotable de gracia santificante.

A ese depósito de eterna bienaventuranza acudimos pues, ¡oh Madre nuestra!, para que dejéis fluir el tesoro de vuestra misericordia, que enardezca nuestra alma en santos deseos de penitencia,  y  la  luz de vuestra piedad rasgue el velo de nuestra tibieza,  y la corriente de vuestra mansedumbre nos descubra la vana soberbia, y el aroma de vuestros sufrimientos nos muestre la fealdad de los torpes goces; el consuelo de vuestras penas consuele las nuestras; vuestro amor, sin limites ni fronteras, nos indique la senda luminosa del  perdón a los que nos ofendan   y la confianza en la misericordia de vuestro divino Hijo, ante las injurias que le hemos inferido.

Mandadme una chispa de vuestra divina gracia que nos incendie el alma toda y nos postre penitentes a los pies de mi Redentor, vuestro Hijo Jesucristo. Así sea.

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Oración para el día séptimo

¡Amorosa Virgen del Valle!  Virgen  de las Vírgenes te llaman las criaturas porque en Ti se reúnen la pureza y la santidad en perfección sublime.

Humildemente  te  rogamos  nos recabes de tu Hijo  la gracia  de esas virtudes soberanas para combatir las pasiones de la humana naturaleza y salir incólumes de la lucha.

 

No hay  en  el  Cielo nadie absolutamente que se encuentre más cerca del Padre que Tú, Reina de las criaturas terrenas y celestiales;  ni tampoco hay  en derredor de  tu  Hijo  trono  más alto en donde no tengas Tú asiento de preferencia. No desoye Dios jamás tus súplicas; ni un ruego tuyo queda sin ser amorosamente atendido por el Hijo de tus entrañas. Llegue a las gradas de su Divina Majestad el lastimero grito de nuestras impaciencias y fatigas, para que por tu intercesión nos conceda el eterno descanso en su amorosísimo pecho. Así sea.

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Oración para el día octavo

¡Amorosa Virgen del Valle! No es posible analizar tus cualidades, sin que resalten al punto el fondo de dulzura y caridad que las caracteriza. El desterrado, como el enfermo, hacia Ti vuelven los ojos y, como dice San Efrén, eres la esperanza de los Patriarcas, la gloria de los Profetas, la alabanza de los Apóstoles, la honra de los mártires, el ornamento de las celestiales Jerarquías, la corona de las virtudes a las que aventaja tu inmensa caridad, Princesa y guía de todos ellos.

No hay en tu sacratísimo pecho más que aromas y bálsamos para regalo y goce de las criaturas.  Cada dolor nuestro encuentra en tu regazo la medicina de su consuelo.

Te rogamos, ¡dulce Madre nuestra!, infundas en nuestra alma el don de la caridad, y ya que por él tu santísimo Hijo redimió a las criaturas, sea él en nosotros el acicate más poderoso para amarlo en esta vida y gozarlo después en la eterna. Así sea.

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Oración para el día noveno

 ¡Amorosa Virgen del Valle! Ninguno se salva sino por Ti, ¡oh Virgen Santísima!;  ninguno  se libra  de  los males sino por Ti,  ¡oh Virgen purísima!; ninguno recibe las gracias de Dios sino por Ti, ¡oh Virgen venerabilísima!; ¿Quién después de tu bendito Hijo tiene cuidado del linaje humano como Tú? ¿Quién así nos defiende en nuestras tribulaciones? ¿Quién tan presto nos socorre y nos libra de las tentaciones que nos acosan y persiguen? ¿Quién con sus piadosos ruegos intercede por los pecadores  y  los  libra de las penas que por sus pecados merecen?

Si asi exclamaba San Germán, ¿qué no diriamos nosotros, pobres pecadores, tan alejados de la vida cristiana? ¿A quién volveremos los ojos en la ceguera de nuestras pasiones? ¿A qué puerto acudiremos en las tormentas de nuestras iniquidades? ¿Dónde podemos hallar luz, seguridad y amor?

¡Amada Virgen mia!  ¡Nuestra venerada Virgen de Pereda!  En el último día de esta novena, como grito lanzado a lo alto, que arrebata nuestra alma y arranca de cuajo nuestro corazón, con ánimo elevado  y ansioso de trepar tenue e incorpóreo  al  Trono de tu divino Hijo,  vuela esperanzado nuestro cuerpo,  fortalecido por la gracia de la Eucaristía, a cobijarse en el manto de tu protección universal. Empequeñecidos todos como infantes en el regazo maternal, ¡Virgen de mi vida!, con lágrimas en los ojos, expresión del dolor, y el corazón anegado en el anhelo y la confianza, te suplicamos nos sirvas de mediadora en nuestros afanes y recabes del Hijo de tu gozo y dolor una vida llena de santificación,  que recibamos bien  los últimos Sacramentos  y que por fin, en el momento de la muerte, vayamos de tu mano a gozar contigo de la bienaventuranza eterna. Amén.

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Oración final para lodos los días

 ¡Oh Santísima Señora, Augusta Madre de Dios y de los hom-bres! ¿A quién volveremos la vista después de tu Hijo sino a Ti, sagrado Depósito de esperanza del pecador?

Tu amor y pureza han trascendido de tal manera a nuestras alma:, que todos los pueblos ponen en Ti su confianza, como de­chado de todas las virtudes y dispensadora de todos  los benefi­cios. Aspiran a morar en tu candido regazo, porque saben que en él se sienten fortalecidos y animados para los mayores sacrificios. Si alguno no te conoce, te presiente; tal es el poder de tu dulce mirada en los más íntimos replieges de nuestro corazón.

¡Virgen Santísima!, en el tuyo todo es amor ardentísimo y avasallador. Haz, pues, ¡Madre mía!, que de él salte una chispa que encienda mi ser en arrebatadora pasión de fé  y  anhelo  por Ti  y por tu divino Hijo, que ciegue mis sentidos  y hunda mis potencias en aquella noche oscura de San Juan de la Cruz,  de la que salga mi alma regenerada, pura y dispuesta, total y absolutamente, a entregarse a tu discreción.

¡Virgen de Pereda!  De Eva nos  vino la muerte,  como  de Ti  nos viene la vida. Tú, la elegida por Dios para ser la amparadora Madre del  linaje humano y restauradora del mismo,  todo  lo  pue­des cerca de Aquél que te asoció a la obra de la Redención. Nosotros te rogamos humildemente, como al enfermo el remedio, nos alcances el pan de la vida celestial, eterno manjar de los ele­gidos.  A Ti llegamos suplicantes  y confiados para  que abogues por  tus hijos pequeños  y nos obtengas  la gracia que hemos pedi­do en esta novena. Amén.

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Tres Avemarias

 

Salve,  Estrella del Mar,  concédenos  la dicha  de  prepararnos el camino seguro para que viendo a Jesús seamos siempre felices.

ORACIÓN. -¡Oh Santísimo Hijo de Maria Inmaculada y be­nignísimo Redentor nuestro! Asi como preservaste a Maria del pecado original en su Inmaculada Concepción y a nosotros nos otorgaste  el beneficio  de librarnos  de  él  por  el  Santo Bautismo, así te rogamos humildemente nos concedas la gracia de portarnos siempre  como  buenos  cristianos, regenerados  en  Ti,  Redentor nuestro bondadosísimo. Amén.

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