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llorada y carbajedo


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Sara y Orencio

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Cuando muere una persona allegada a uno,  se va a acompañar a la familia y se observa un poco, se nota en cada uno de los asistentes fluir la persona interior. Desde quien no sabe que decir y permanece callado, sobrecogido, a veces rezando, hasta quien, visto el dolor de la familia, no hace más que hablar para distraer un poco, preguntando como ha sido y recordando anécdotas vividas con la persona difunta.

Aunque en presencia del hecho me comporto como las primeras, ahora aquí quisiera recordarlas por hechos acaecidos por los que mi familia les está agradecida:

 

No quería pararme ahora contando las veces que nos fiaron en la tienda. Pedíamos lo que necesitábamos y lo apuntaban en sendas libretas hasta que con la venta de algún animal podíamos pagarlo. Así estábamos una buena parte de las familias del Pueblo; las familias mineras se manejaban mejor. Quiero ahora pararme en otros acontecimientos curiosos en los que recibimos ayuda de esta familia.

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Ya era rato de noche, habían tocado las campanas, se habían formado algunas cuadrillas para ir a buscarla por los caminos que salían del Pueblo y yo ya llevaba rato rebuscando a mi hermana pequeñita por toda calle y calleja. Después volví a casa no sabiendo donde más buscar y ya encontré varias vecinas consolando a mi madre. Al poquito recuerdo que llegó Sara - creo que la primera y única vez que entró en mi casa - sin aires de preocupación, muy dicharachera y animosa, diciendo que ella la iba a encontrar porque había sido la primera que había echado la Oración de San Antonio. Con aires de organizadora le dijo a mi madre que le enseñase la casa y al momento se hizo. 9 huecos abajo y 7 habitaciones arriba, hasta el desván se miró (todo lo habíamos ojeado ya varias veces). Volvimos a bajar a la cocina, estuvieron hablando un poquito todas las mujeres, tornó Sara a repetir a mi madre que estuviese tranquila que ella la iba a encontrar por lo de la Oración. Luego permaneció un rato callada pensando y al final me dijo muy resuelta:

- “Ven, vuelve a enseñarme las habitaciones”.

Cruzamos el pasillo del portal oscuro; a tientas y de punteras, elevándome un poco, le di al interruptor y  subimos la escalera (yo ya por enésima vez ese día),  tiramos a la izquierda, levanté la presilla que cerraba la puerta de entrada al desván, quizá porque allí solo había mirado una vez por el miedo que tenía, pero dijo que lo haríamos después. Se adelantó y entró en la primera habitación a la derecha, miró a ambos lados de la cama. Nada. Me aparté para que pasase a la habitación contraria que era doble y me quedé cerca de la puerta dispuesto a guiarla a las demás cuando terminase. Rápidamente fue hasta la ventana del fondo, miró alrededor de aquella cama, se acercó a la segunda, próxima a la puerta, que estaba sin hacer con el colchón doblado y limpio recién rehecho después de cardada la lana y  me aparté ligero porque  venía hacia la puerta muy decidida. Desapareció escaleras abajo diciendo: “ya apareció”. La seguí, pero al llegar al descansillo de la escalera me arrinconé porque un tropel de mujeres se abalanzaba escaleras arriba. Yo también me apuré, pero cuando llegué al pasillo ya vi, a través del hueco de entrada y de varias mujeres, a mi madre con la niña en brazos apretada contra su pecho y a mi hermana con el pelo revuelto y desconcertada de tal barullo mirando para todos los lados . Sé que no sabía si darle unos azotes o qué hacer porque una vecina dijo: “No la pegues que no hizo nada.” y otra: “Ahora no la pegues, lo importante es que apareció”.

La niña se había quedado profundamente dormida, entre aquel colchón doblado y la pared, encima de un trozo de lona (¿Mira que no despertar las veces que habíamos subido a buscarla…? ¿Y con dos años encaramarse a esa cama alta y sin hacer…?). A la otra mitad de la cama se le veía el somier de alambre desnudo. Por supuesto que ya habíamos mirado hacia allí varias veces.

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Cuando le dije a mi madre que había leído en la anterior Página de Argovejo lo de la muerte de Orencio me repitió lo que varias veces me había relatado: “Yo a Orencio le estoy muy agradecida. En una ocasión la única persona de Argovejo que me ayudó fue él”. Esto me ha empujado a relatar estos dos hechos.

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Se nos habían muerto unos gochos pequeños (así se llamaban entonces y se pueden llamar ahora), los habíamos enterrado, incluso recuerdo que yo puse encima de cada sepultura varias piedras, las más grandes que puede; pero una vecina nos delató y protestó por el pueblo porque los perros ¿? los habían desenterrado. Se lo comentaron a mi madre y rápido fuimos con dos azadas para volverlos a cubrir. Mientras yo tapaba un poco con tierra el que estaba descubierto mi madre fue a buscar ayuda y vino con Orencio. Los desenterramos, los metimos en dos sacos y los llevamos (yo solo le acompañaba con una lata) a la Cueva El Oso donde tiró los fardos, derramó la gasolina esparciéndola por encima y prendió fuego.

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Un cariñoso recuerdo a sus hijos: José Mari, Begoña, Carmina, Arturo y Laura, que conocí y a, creo que las últimas de las que tuve noticia, Ángeles y Yolanda. Espero que todos vivan y supongo que habrá más descendientes, amén del resto de familia repartida por el Pueblo. A todos mucho ánimo y mucha Fe y Esperanza en que les veremos en el Cielo. Ahora nos toca rezar por ellos y por todos los difuntos de ese entrañable Pueblo.


14/07/2017 18:32 llorada #. Buena Gente No hay comentarios. Comentar.


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