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Un día de invierno en el pueblo (Carbajedo)

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     ¡Qué hermoso es el invierno en los pueblos de nuestra montaña, con sus enormes nevadas, con su soledad. Solo se hablan las grandes casas vecinas, de dos pisos a lo sumo, que se alzan solas, contempladas desde arriba por las altas montañas!

     ¡Cuánto gozaba yo con estas nevadas...!. En cuanto despertaba ya una claridad especial se colaba por el cuarterón de la ventana anunciando la nieve. El primer impulso era saltar de la cama para tocarla. Luego en la gran cocina desayunábamos toda la familia en silencio. Mirábamos a través de los cristales y la blancura celestial se apoderaba de nosotros. El viento  huracanado levantaba nubes de polvo blanco que iba amontonando en las hondonadas.

     Cuando podía salía a la calle. El típico ruido de la nieve pisada bajo las botas hacía saltar mi corazón: grac,..., grac... Recuerdo que experimentaba un placer incontenible al pisar donde nadie lo había hecho y la molesta sensación que me embargaba cuando la veía sucia.

     Añoro aquellos días, aquellas noches frías, en que iba con mi hermano mayor a echar de comer a los animales; el agradable calor que hacía dentro de la cuadra; el ímpetu con que iban las ovejas y cabras hacia el alimento, las hojas de los haces de ramas de chopo y roble; el rumiar de las vacas y sobre todo los repetidos estribillos que mi hermano cantaba sin saber terminar.

     Al entrar y al salir el chirriar de la puerta ponía los nervios en tensión. Se oía el rítmico ruido de las madreñas y de los calderos que sacábamos repletos de leche, de tal blancura, que competían con la de la nieve, dentro de la umbría de la noche iluminada tenuemente por las estrellas..

     ¡Cuántas horas felices pasábamos todos juntos por la noche alrededor del fuego!. Frases cortas y silencios largos. Distraídamente cogía un palo con su brasa en el extremo y veía como se apagaba soltando chispas disgustadas de mi crueldad involuntaria.

     Después de acostarnos el silencio y la oscuridad absoluta lo hacían sepulcral, solo roto a veces por el aullido cruel de algún perro miedoso y la contestación de otro lejano. Cuando había luna se colaba el brillo de la nieve entre las rendijas de las contraventanas e iluminaba tenuemente la habitación, pero en las noches de borrasca fuerte del crudo y frío invierno el rugido del viento y la llamada de la cellisca contra los cristales sobrecogía el corazón, entonces me colaba un poco más dentro del nido de las sábanas calentadas con el ladrillo previamente puesto al fuego.

     Otras noches los que se filtraban eran unos brillos momentáneos dejados por el relámpago y el siguiente estallido zarandeaba la casa y rasgaba las tinieblas, para volver de nuevo al silencio absoluto.

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